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Malas prácticas: ‘Gabarrón Veritas’

Publicado en ctxt.es el 06/02/2019

‘Gabarrón Veritas’

¿Cómo un artista con una obra tan majestuosamente mala ha llegado tan lejos?
JUAN JOSÉ SANTOS MATEO

<p>Universo de luz, de Cristobal Gabarrón, en Bruselas. </p>

Universo de luz, de Cristobal Gabarrón, en Bruselas.

9 DE FEBRERO DE 2019

“Universo de luz”. Así se llama la instalación de esculturas. Una esfera reflectora, que simboliza la Tierra, rodeada por setenta figuras policromas que se dan la mano. Setenta figuras de metal que conmemoran cada uno de los años que cumple la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y –por si eso se queda corto– también homenajean a los siete billones de habitantes del planeta. En medio de una rotonda de Bruselas, el corro de la patata según el artista Cristóbal Gabarrón. La cosa es tan horrible que dan ganas de odiar los derechos humanos.

Reflejado en la esfera, ahí estaba él. El Maestro. Vestido como siempre, con pantalón, zapatos, camisa y abrigo color “negro berenjena”. Su blanco cabello ondeando en jónicas volutas. Con una sonrisa de declaración universal chapurrea su inglés murciano y agarra la mano de los políticos asistentes: se ríen, se sacan selfies, brincan, se felicitan, recorren en círculo la cosa; rotondean. En el 2018 lo que España ha ofrecido a Bruselas son los pitufos, Puigdemont y el corro la patata de Gabarrón. No es de extrañar que lo único que nos venga de vuelta sean cartas de ajustes presupuestarios.

Cristóbal Gabarrón. Nacido un 25 de abril en Mula, Murcia, en 1945, el día que se iniciaron las negociaciones para la creación de la ONU. Pronto, tal y como desvela en una entrevista, siente el aliento de las musas y el criterio artístico: “Un día, curiosamente, iba andando con mi madre por Mula, mi pueblo, y encontré una hoja de un calendario antiguo verdaderamente horroroso. Se nutría de tópicos pictóricos de mal gusto. Recuerdo que la imagen, que estaba rasgada, representaba a una mujer con una guitarra. Fue mi primer contacto con la pintura y con el color. Recogí aquel papel del suelo y lo guardé durante años. Entonces es cuando supe que yo quería hacer esas cosas. No sé cómo se empezaba, pero quería ser pintor. Si ni siquiera sabía casi lo que era un lápiz…”. Desde entonces no soltaría el calendario. Gabarrón ha hecho su carrera artística con una mano al buril y otra en el almanaque. Cualquier onomástica podría ser damnificada en una de sus series artísticas. Pero antes de continuar, sigamos con la biografía. La familia Gabarrón se traslada a Valladolid, donde el padre se dedicaría a vender estilográficas: “Mi padre, por ejemplo, vendía plumas estilográficas. Pero a lo que vamos. De niño me recuerdo haciendo formas con la arena, así que creo que ya tenía una predisposición a los temas creativos…”. Tiene razón Cristóbal. Olvidémonos de la cronología y vayamos al grano. Ese despertar creativo del joven Gabarrón, que lo vincula con los artistas griegos, como Lisipo, el escultor sin profesor, el del Naturam ipsam imitandam esse, non artificem. Adentrémonos en la vida y obra de ese niño de un pueblo murciano que precozmente descubrió su sino. Ser uno de los más grandes artistas de la historia. Gabarrón veritas.

El artista olímpico

Los inicios pictóricos de Cristóbal Gabarrón no fueron tan fáciles como hacer siluetas en la playa. Enlazaba concursos, salones, bienales y exposiciones en galerías de dudoso prestigio. Y veía que por ahí no iba a llegar todo lo lejos que quería. Así que comenzó con lo de los homenajes. Primero Lorca. El Che Guevara. Luego Miguel Hernández. Nada. ¿Quizás esto sea demasiado progre? Cambio de estrategia. Mejor pensar a lo grande. A ver. ¿Cuál es el París del siglo XXI?

Según la Wikipedia, Gabarrón fija su lugar de residencia en Nueva York en 1986. Y elabora un plan consistente en generar obras de arte con un estilo distintivo, vinculadas a eventos/figuras reconocidos o sentimientos de aceptación masiva. La paz, la solidaridad, la humanidad, el deporte. La Alhambra, El Quijote, Carlos V, Colón, la ONU. Que se puedan transportar de un sitio a otro. A ser posible ofrecer esas obras a instituciones y ayuntamientos de buen presupuesto. Hace carteles para distintas olimpiadas (Nagano, Atenas, Salt Lake, Atlanta) que, aunque se hayan presentado como tales, no son los oficiales refrendados por el Comité Olímpico. Llamar a los periodistas: ha nacido el estilo gabarroniano.

Ese cismático 86 fue el año de su primera gabarronada. Creó el cartel “Our hope for peace”, y se la mandó a la Federación Mundial de la ONU para que fuera emblema del “Año Internacional de la Paz”. A ver qué hacéis. Pero fue el año 1992 el que supondría el refrendo a su táctica, y a lo Guinness. Creó la obra de arte más larga del mundo (cien metros de largo por cinco de alto), el mural Historia del Olimpismo, y lo plantó en una subsede de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en Hospitalet. Unos coloridos muñecos flotando en un fondo de piscina rodeando un estadio de béisbol. Tras las Olimpiadas, el estadio quedó en desuso y el mural se fue cayendo a trozos. Luego hizo otro mural, este para la EXPO 92 de Sevilla, dedicado a la convivencia entre culturas. Menos mal que hicieron las fotos para el catálogo rápido: a los pocos días unas pintadas se sobrepusieron a las figuras prehispánicas, caballos, peces y al abecedario pensados por Gabarrón. El mural fue dividido y sus partes repartidas en distintas localizaciones. Pero el maestro no se desanimó, y ese mismo año presenta la Fundación Gabarrón en Valladolid, un museo enorme en el que va exponiendo colecciones personales de arte africano, egipcio, romano, etrusco, gráfico, contemporáneo, cubano, prehispánico, asiático o religioso excesivamente cercanas al concepto de souvenir turístico.

Ya entonces se empezaban a conocer a sus llamativas figuras antropomórficas, ya sea en carteles y murales, o en esculturas, como gallifantes. Uniendo aspectos del informalismo y del surrealismo, de Miró, Kandinsky, Arp o Gorky, pero sin el sustento conceptual de ninguno de los anteriores, sin evoluciones, matices ni sentido de equilibrio espacial. Nada de eso le importaba ni le importa a Gabarrón. Su arte ni tiene mensaje ni se le espera: es potencialmente aceptable por cualquier político de provincias. Es para todas las edades: se puede ubicar en cualquier calle de cualquier país. Está concebido (que no pensado) para convertirse en una marca distintiva que haga innecesaria la firma. Por eso su iconografía, basada en esa mezcla de motivos abstractos, como ectoplasmas celulares, de diseños de Agatha Ruiz de la Prada y de restos de zoos de plastilina de una guardería, empezó a hacerse reconocible y visible en rotondas y paseos peatonales de todo el mundo. Y por eso, hay quien dice que en la época del pelotazo cultural de España, los que se forraron de verdad no fueron ni los artistas ni los políticos. Fueron las empresas de transporte. Pero, ¿Cómo ha conseguido el artista de los gallifantes abrir una fundación de cuatro plantas y 2.800 metros cuadrados?

La Fundación de Gabarrón

Gabarrón nació en el 45 pero se fundó en el 92. Ese año se constituye la Fundación Cristóbal Gabarrón, con un organigrama plagado de gabarrones y un futuro sin techo. Los hijos y allegados han ido y siguen trabajando bajo mandato del maestro, como lo suelen llamar, junto con colaboradores y becarios. Poco a poco fueron maniobrando hasta parir una idea tan descabellada que sólo podía tener lugar en la España berlanganiana de los dos mil. Crear unos premios con su nombre. El antecedente son los premios y la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León ARCALE, que nacieron durante la alcaldía de Julián Lanzarote (PP) y que eran una acción paralela a las iniciativas ligadas a la Capitalidad Cultural de Salamanca 2002 (promovidas desde la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León de Tomás Villanueva, del PP). La Fundación Gabarrón se encargaba de la programación cultural paralela a la feria. Se aburrían como ostras en las mesas redondas, que no recibían tanta atención mediática como los premios ARCALE. Y se les encendió la bombilla.

El año 2002 se dan las primeras estatuillas de los Premios Gabarrón, de oro de dieciocho quilates, creadas por el propio artista. Entre los jurados, estaban José Antonio Zarzalejos, director de ABC; José Antonio Álvarez-Gundín, subdirector del diario ABC; Rodrigo Gutiérrez, subdirector del ABC; Juan María Gastaca, subdirector del ABC; Santiago Castelo, subdirector del ABC; Fernando Rodríguez Lafuente, director del ABC Cultural; Eutiquiano “Oti” Rodríguez Marchante, crítico escénico del diario ABC, o Manuel Erice, director delegado de ABC Castilla y León. Entre los premiados, Guillermo Luca de Tena, presidente de honor del Grupo Vocento. Entre los patrocinadores del premio, el diario ABC. Los políticos castellanos estaban encantados de compartir las tablas mixtas de carne y marisco del restaurante La Criolla con James Rosenquist o Mario Vargas Llosa. La única persona que ha rechazado un Premio Gabarrón y las gambas de La Criolla ha sido Miguel Delibes.

Cristóbal Gabarrón fundado era otro hombre y otro artista, o por lo menos, uno con mejor prensa, más encargos y mayores subvenciones. Era privado para dar pero público para recibir. La década de los dos mil fue suya. La Fundación Gabarrón abre una nueva sede, en Nueva York, en el 2002. Los Premios internacionales Gabarrón, patrocinados por Caja Duero o TVE, que tenían lugar en el Teatro Calderón, cedido gratuitamente por el Ayuntamiento de Valladolid entonces en manos del alcalde León de la Riva (PP), recibieron subvenciones de la Junta de Castilla y León, cuyo Consejero de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León era Tomás Villanueva (PP), por valor de hasta 120.000 euros anuales. Los viajes de los jurados y premiados eran pagados por Renfe e Iberia, y el alojamiento, por AC Hoteles. La fundación recibe por otros proyectos varias partidas: 110.000 euros de la Consejería de Sanidad para organizar actividades que fomentaran la lactancia materna en Castilla y León, 100.000 euros de Caja Duero (presidido por Julio Fermoso) para seguir con el programa, inaugura la exposición “Gabarrón Veritas” en Salamanca (con asistencia de Tomás Villanueva, del PP), decora las casas de un barrio de Valladolid en un encargo de 210.000 euros, pone sus esculturas del Quijote por Nueva York, las de Colón por el Paseo del Prado (inauguradas por Alberto Ruiz Gallardón, del PP), abre sede de la fundación en Murcia (inaugurada por los entonces Príncipes de España, con subvención del ayuntamiento del PP de 300.000 euros anuales. Cuando se cambió de alcalde y de color político, y ante el recorte de presupuesto, la Fundación presentó una querella), escultura en rotonda en Murcia (con alcaldía de Miguel Ángel Cámara, del PP), Juan Manuel Bonet presenta en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía una carpeta de obra gráfica con obras suyas y de Christo, Oppenheim y Manolo Valdés (editado por Arte y Naturaleza), expone en el IVAM de Valencia dirigido por Consuelo Císcar, e incluso en el Guggenheim de Bilbao. Bueno, este último merece un párrafo aparte.

Una buena mañana del 2003 Juan Ignacio Vidarte, director del Guggenheim de Bilbao, se despertó con una gabarronada al frente del museo. Y esa era una de las gordas. Cristóbal Gabarrón había aparcado un Ferrari F-40, cubierto con una especie de piel de cobre, y venía acompañado por un bus repleto de periodistas venidos de Valladolid a la excursión. El coche se despega de la coraza, obra de Gabarrón, que comienza a invitar a los incrédulos turistas a dar una vuelta alrededor del Guggenheim. Unas cámaras de TVE instaladas en el interior del Ferrari graban las reacciones del público ante el happening, titulado “El Deseo-Ave Fénix”. Gabarrón comentó que pretendía “cumplir con el anhelo de la gente de montar y circular con este bólido por los alrededores del Museo Guggenheim”. Vidarte, anhelalado, sufrió lo que en el 2009 también padecería el Museo Patio Herreriano de Valladolid, cuando Gabarrón instaló una de sus esculturas en la calle justo frente al edificio, el mismo día que inauguraba una muestra de Chillida. El maestro no podía soportar que el museo de su ciudad de adopción no tuviera una obra suya (y bueno, menos el IVAM, ningún museo de renombre). Por suerte son pocos los que han dicho algo en contra del maestro. Los más reputados críticos de arte y poetasnacionales e internacionales han sabido gloriar al “Picasso de Mula”.

Período Azul

A Cristóbal sólo se le ocurría una manera de entrarle a la familia real. Regateando. El maestro se empezó a dejar caer por Mallorca a principios de los 90, y como nunca ha tenido cuerpo para navegar en vela, ideó otra manera de llevar a los Borbones a su terreno. En el 94 inaugura una exposición, la “Serie Palma-Mallorca”, en el Castillo de Bellver, y convence a la infanta doña Elena para que haga los honores. En el 99 se le encarga la realización artística de un barco, el Universiada 99, que es bautizado de nuevo por la infanta Elena. Ese año crea una obra que simboliza el “Encuentro contra la Droga”, a cuyo acto de presentación, en el Palacio de la Zarzuela, acude la Reina Sofía. En el 2002 la monarca inaugura la Fundación Gabarrón de Valladolid, y acepta la presidencia de honor de la Pinacoteca Infantil Reina Sofía de colecciones de dibujos de niños que ha ido atesorando Cristóbal Gabarrón.

La cosa fluye, y en el 2007, además de regalarle al rey don Juan Carlos la estatua El Coloso, se integra junto con su hijo Cris Gabarrón en el organigrama del proyecto AYRE, concebido por Iñaki Urdangarín y Diego Torres. El objetivo de AYRE es lograr que un segundo equipo de vela español participe en la 33ª edición de la Copa del América de la Valencia de Rita Barberá (PP). El proyecto iba a tener un coste de cien millones de euros, y, para diferenciarse del resto de equipos, querían tener una dimensión cultural. Cristóbal Gabarrón se encargaría de ello, así como de unos concursos de dibujo infantiles impulsados por la citada Pinacoteca Reina Sofía. Los niños ganadores de esos concursos, junto con los embajadores de sus países, asistirían a la final de la Copa América. La infanta Elena aparecía como asesora del área cultural, bajo la coordinación de Cris Gabarrón. Varias reuniones previas tuvieron lugar en el IVAM de Valencia, en las que se sondeó la posibilidad de contemplar un museo: “La base en el Port America’s Cup será una escultura del artista y quedará como un edificio significativo, parte del legado cultural que dejará la Copa América en Valencia”, dijo Urdangarín. Ya sabemos lo que pasó con el proyecto AYRE. Una batalla judicial entre los equipos Alinghi y BMW-Oracle paralizó la Copa América y detuvo las gestiones de financiación que supuestamente estaban realizando el rey Juan Carlos y Corinna ante el rey saudí Abdullah bin Abdulaziz. Los Gabarrón tuvieron que bajarse del barco y montar la tienda en otra comarca.

Feriantes

Medina del Campo es desde la Edad Media una ciudad de ferias y de feriantes. Aprovechando la coyuntura (es decir, con la financiación de la Junta de Castilla y León y bajo la alcaldía de Crescencio Martín Pascual, del PP), los Gabarrón, temporeros de la subvención, ganan un concurso para construir y diseñar un parque. El director del proyecto sería otro hijo de Cristóbal, Antonio Gabarrón, y el creador de la obra escultórica, de un mural con sus típicos y coloridos elementos ectoplasmarios, y del diseño el maestro, quien promulgó, como aquellos feriantes que ofrecían sus productos milagrosos a la muchedumbre, que “salvo el Parque Güell de Barcelona, no existe otro de estas características en España”. Siguiendo con el tono épico: es el primer parque del mundo en el que los yonquis no necesitan drogas para flipar. Hubo unos años de retraso en su finalización, que el maestro achacó a la “desfavorable climatología”, y gastos añadidos que se sumaron a los tres millones de euros que afirmó la oposición había costado la obra: entre ellos, la creación de una valla de protección para evitar que los viandantes se clavaran las aristas diseñadas por Gabarrón. La fuente no funcionaba. El río artificial prometido perdía agua.

El maestro buscó refugio en la Capilla del Milenio, que había decorado en el cercano palacio de Las Salinas. Creada en el 2001, la capilla estuvo compuesta por 490 cuadros: los del lado de la derecha, representando los males de la humanidad, y los de la izquierda, el futuro. Afortunadamente la obra desapareció al cabo de unos años, porque aquello sí que no tenía perdón de dios. Al no encontrar allí calma, Gabarrón buscó consuelo y llamó a Consuelo Císcar (después de darle un Premio Gabarrón, claro): entre los dos alumbraron el primer Museo de Escultura Contemporánea al aire libre Las Salinas Contemporáneo (SAC) en el 2007, con obras de Miquel Navarro, Manolo Valdés, o, como era de prever, Cristóbal Gabarrón. Lo de SAC quizás fuera un guiño al MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, que, según dicen, estuvo a esto de ser otro Museo Gabarrón.

Pero fue otra de las ambiciones que el maestro no pudo completar, como la casa que le ha encargado a Álvaro Siza en Mula, o el museo de arte precolombino que iba a abrir en Salamanca en una casona del siglo XV comprada y adecentada por Caja Duero para tal efecto. Lejos están aquellos días de vino, rosas y gallifantes: son sólo recuerdos en las mentes de los alcaldes, consejeros, premios Nobel y demás amigos de Gabarrón, quien hoy prefiere abrir puertas en el mercado chino y colgar dibujos de niños allí donde puede. El negocio perfecto en tiempos de zozobra: los niños mandan sus dibujos a concursos que convoca la Fundación, y ésta luego crea una colección con la que abre un museo en Shangai.  Es una pena acabar así, tan lejos de su casa, oxidada y vacía. La Fundación Gabarrón de Valladolid en venta. La empresa que gestiona esa posibilidad da ideas para posibles compradores: que albergue un tanatorio.

Mejor unámonos al corro de la patata de Bruselas, rotondeemos un poco a la salud del artista, del egregio maestro que, con los tres colores primarios, un poco de imaginación y una voluntad sobrehumana ha sabido decorar a la España del bigote, la vela y el buen rollo.

AUTOR

  • Juan José Santos Mateo

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